Madrid Nocturno VI

Era la hora del café. La tarde del día de los Santos Inocentes; y me encontraba rogándole un pequeño préstamo a un cajero automático de la calle San Bernardo. Después de varios intentos y de que éste no escuchara mis súplicas, me escupió literalmente la tarjeta de crédito con los mismos fondos que los bolsillos rotos del mendigo que para en la calle en la que no habita ni la ausencia.

Al girarme, vi que venía hacia mí, caminando por la acera. La última vez que la había visto fue el día que la conocí, a finales de verano. Me gustó la manera en la que se las arreglaba para que su pelo se deslizara sobre sus hombros y quedara religiosa y armoniosamente colocado, justo después de haber estado jugueteando con la brisa que arreciaba del mar. Aquella melena color castaño atraía con gran maestría mi atención; toda vez que se combinaba, en extraña consonancia, con unos ojos verdes embarrados que no paraban de dejarse mirar. Apenas cruzamos un puñado de frases mal construidas aquella noche; más que nada, porque no hubo más ocasión que la que no buscamos. Nos dedicamos toda la velada a seguirnos y olernos como dos perros callejeros que, sin rumbo ni dueño, buscan desamparados una ilusión a la que aferrarse. Tardé en olvidar a Malena el mismo tiempo que estuvimos sin vernos. Sería por la forma en la que no se despidió de mí, que me dejó una angustia pasajera. Recuerdo que, al día siguiente, se iba a empezar un nuevo trabajo en alguna parte fría y recóndita de Europa. 

Cuando volví a ver aquella melena moviéndose con grácil delicadeza, me di perfecta cuenta de que mi agenda mo iba a tener ningún hueco libre aquella tarde. Ella pronto se percató de mi presencia y, sus ojos, fijos en los míos, me dijeron, con pocas palabras, todo lo que yo quería oír. Había venido a pasar las Navidades, así que dimos un paseo. Corto. Solo nos introdujimos por algunas calles estrechas y declinando la opción de tomar un café mientras charlaramos sobre lo humano y lo divino, optamos por buscar una pensión donde dormir la siesta.

Ya oscureciendo, dejamos la pensión para seguir con nuestras vidas. Tenía cosas que hacer, decía. Rollos familiares. Afortunadamente, tuvo el beneplácito de pagar ella el hospedaje. Entre lo que yo tenía en la cartera y lo que me había dejado el cajero, apenas tenía liquidez suficiente para pagar por un beso de hermano. La acompañé hasta la puerta de su casa y me dijo que me reservaría, al menos, cinco minutos para verme la próxima vez que volviera; aunque aún hoy, no sé si con la última mirada que me regaló como despedida, antes de perderme por la Gran Vía, fría y concurrida, como cualquier tarde navideña de Madrid, me estaba besando el alma o simplemente era una bofetada al corazón. Para mí, esa siesta había sido lo más cerca que había estado nunca de hacer el amor con una mujer a la que no me había dejado amar.

De camino a casa me tropecé con una ambulancia que sacaba de una vivienda a un hombre fallecido de un infarto. A los vecinos que se congregaban delante del portal, les oí decir que había muerto porque su novia le había roto el corazón. Yo siempre había planeado morir por mis propios medios y, ante la duda de que lo  sucedido aquella tarde me dejara secuelas y que, efectivamente, aquella última mirada tuviera más de bofetada que de beso de enamorados, me dirigí al aeropuerto con lo primero que encontré, que era todo lo que tenía, algún dinero que pedí prestado y cogí el primer vuelo que salía aquella noche. 
Dieciocho horas después me encontraba recogiendo las maleta en el aeropuerto de Vancouver; con algunos grados menos, digamos que un invierno más crudo. Si bien es cierto que, mirando por mi mala salud, hace un frío suficiente para no congelarme la razón, pero sí tranquilizarme el alma y calmarme  el corazón.

Comentarios

Roma Sesgada ha dicho que…
Sincerándome, considero más lícito este motivo para haber emigrado a Vancouver que el mero propósito de "aprender inglés", tan prosaico y desnaturalizado.

Aunque nunca hubiera imaginado que te marcharas por semejante desasosiego psicosomático.

P.D.: Espero que actualices pronto. Un año es mucho tiempo ;)
hay que Ber ha dicho que…
Este relato no deja de ser ficción; pero en el imaginario del lector todo tiene cabida.

Como muy bien dices, Roma Sesgada, un año es mucho tiempo. Próximamente continuará la serie. Veremos qué lugares y situaciones nos depara nuestro personaje.

Saludos
Clari ha dicho que…
que lindo! como disfrute de madrid, esas calles tan parecidas a buenos aires y tan distintas a la vez. la pasaba bien hasta en el hostel, me acuerdo que hacia mucho frio, nos prendian las estufas y nos quedabamos en el hall tomando chocolate y haciendo amigos. viva viajar!!!

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