Madrid Nocturno V

Aquella tarde me pasé por El bulevar del Jazz a saludar a Tony. Hacía más de una semana que no paraba por allí y me gusta que Tony me ponga al tanto de las novedades del garito y de cualquier noticia del ambiente nocturno madrileño. Aquella noche volvían, Esperanza y su grupo, a tocar allí, así que había pensado que era una buena ocasión para acercarme por el local. Seguían girando en mi cabeza las imágenes de la última noche en la que compartimos, Esperanza y yo, algo más que nuestro tiempo. Aquel día, yo acababa de dejarlo con mi novia y Esperanza acababa de comprender que aquella noche quería estar conmigo. No sabía cuanto tiempo hacía realmente desde que tuviéramos aquella aventura, pero lo que sí tenía claro, era que, la próxima vez que volviera a verla, le iba a ayudar a calentar sus cuerdas vocales.

Al poco de llegar, se sentó cerca de nosotros un tipo extraño. Era gallego. Saludó a Tony y éste me lo presentó: era el nuevo representante de Esperanza. Alfredo "Freddy" Butarda se lleva un veinticinco por ciento de lo que gana la cantante y alguna propina de su aliento. El tipo tiene ascendencia napolitana, de ahí su facciones italianas y su apellido. Lo supe rápidamente, sobre todo después de que presumiera de sus aventuras con las mujeres. No me gustan los tipos presuntuosos. Este tipo de gente, siempre me ha producido una mezcla amarga entre pena, aversión y benevolencia. La misma sensación que siento cuando, por la calle, me cruzo con el camión de la basura, mientras busco refugiarme de la esperanza y el desaliento y se queda en el ambiente ese olor a putrefacción.

Esperanza llegó tarde y muy abrigada. Debajo del abrigo apareció una camiseta de color fucsia con las letras UK en color dorado a la altura de un pecho a medio camino entre lo divino y lo celestial. Es de esas situaciones en las que te preguntas, si en esta vida, toda esta serie de cosas, no formarán parte realmente de un maldito sueño. La había traído de la parada que hizo su gira por las islas británicas. Nos dijo: "Me queda bien, ¿verdad?" Le respondí afirmativamente con un movimiento de cabeza en el mismo momento en que pensaba: te quedaría genial tirada en el suelo de mi dormitorio. 

Antes de abandonar la barra e ir en busca de mi mesa para disfrutar de la voz de Esperanza, Freddy Butarda dejó caer sobre ella, que él era de los pocos hombres que había podido saborear sus encantos de mujer. Pero lo que Butarda no sabe, es que, en la cama de Esperanza, él no es más que mi telonero.

Habiendo ya acabado la música en directo, departimos la cantante y yo hasta que Tony nos insinuó que era la hora de cierre. Yo iba detrás de ella, mirando como sus piernas subían las escaleras que daban paso a la calle. Le dije que le llamaba un taxi, pero desistí de esa idea cuando Esperanza me cogió la mano y vi en sus ojos un atardecer tórrido y melancólico y la misma expresión en su rostro que la de una niña que busca desesperadamente el consuelo de su madre. Y ocurrió lo que suele suceder entres dos personas adultas que no tienen más ataduras en la vida que las del tiempo que corre en su contra. 


 Antes de irme de la habitación del hotel de la Plaza Santa Ana en el que se hospedaba, me despedí de Esperanza, para siempre, diciendo que volvería mañana. Así que salí de allí bajando la calle que me llevaba a la carrera de San Jerónimo sin mirar atrás y sabiendo que la única forma que tenía de olvidarme de ella era llegando al ocaso de mi vida o desarrollando una mala memoria.

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